Columna de Opinión

¿Qué decimos cuando decimos "corrupción"?

19-08-2018 Comentar
En tiempos en donde señalar la corrupción ajena es tan fácil como negar la propia, la palabra cobra cada vez más trascendencia en la dinámica social. Pero ¿qué entendemos al nombrarla?




La palabra “corrupción” proviene del latín y significa literalmente “echar a perder”; por ello lo “corruptible” es todo aquello capaz de perder su integridad, de descomponerse, de dejar de ser pleno en un futuro cercano o lejano.Por ello es que se contrapone a lo “noble” tal como se señala a los metales que mantendrán sus propiedades podríamos decir que eternamente.

Es por todo esto que tanto “corrupto” como “noble” trascienden las fronteras de adjetivación de elementos materiales para transformarse en valores morales propios; por ejemplo para el pensamiento cristiano evitar la corrupción del alma siempre fue una búsqueda fundamental.

Ahora bien, sabemos que en la actualidad aplicamos este concepto principalmente al plano político refiriendo a actos que son contrarios a la ley en donde funcionarios utilizan su poder para otorgar o quedarse ellos mismos con beneficios de todo tipo. Sin embargo bajo esta consideración lo que ha sucedido es que se ha perdido la noción específica del concepto tomándolo sólo para las altas esferas del poder político-económico pero obviando su injerencia en las prácticas cotidianas.

En definitiva, ¿hay corrupción en nuestra política porque somos una sociedad corrupta?

Pareciera ser que la respuesta a esta última pregunta es positiva, aunque también podríamos pensar que es al revés: que si en los planos máximos de poder no se dieran conductas de este tipo tampoco pasaría entre los ciudadanos de a pie. No obstante, más allá de estas especulaciones, podemos decir que en nuestra dinámica social la corrupción se ha naturalizado de tal forma que hasta dejamos de señalarla bajo esta palabra. El “folklore” de buscar ventaja por sobre los otros, de torcer las leyes en nuestro favor, de aprovecharnos de “grises” legales para obtener beneficios que de otra manera no podríamos alcanzar responde la a-crítica incorporación de la lógica corrupta, es decir, de echar a perder posibilidades de equidad e igualdad entre todos los ciudadanos y ciudadanas.

En este sentido cabe aclarar que un acto corrupto también ha de medirse por su alcance: sin duda alguna condonar a una empresa familiar una deuda millonaria hacia el Estado puede traer muchos más perjuicios a una sociedad que estacionar en doble fila. De todas maneras en ambos actos rige el germen de la corrupción, el de incumplir una regla establecida para beneficio propio y perjuicio ajeno. A raíz de esto es importante señalar que el principio de la conveniencia responde a un pragmatismo extremo en donde se piensa que el fin justifica los medios transformándose en lo que mueve a toda persona a llevar adelante tales actos: el convencimiento moral de que no importa cómo hago algo si ello me conduce a alcanzar mis objetivos.










Minuto Uno (Federico Mana)
Actos, Cotidiano, Corrupción, Argentina

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