Columna de Opinión

Política y violencia

11-04-2017 Comentar
La represión no es una esencia de la política, por el contrario, podríamos decir que donde hay política –política con su carga de verdad– nunca hay violencia.



Proposición clásica que el gobierno de Macri desconoce o no tendría por qué conocer. Pero da la casualidad que una de sus aliadas, la doctora Carrió, es presidente de un Instituto llamado Hannah Arendt, pensadora que si se destaca por una posición específica al respecto es precisamente por esta drástica distinción entre política y violencia. 

O una o la otra. Pero no será la única enunciación que los nuevos autoritarios desconocen, en camino hacia un despotismo irresponsable. ¿Hasta dónde alcanzan las pseudo leyes que inventan para su público más desprevenido o silvestre, mostrando que la represión está amparada por reglamentos, leyes, memorándums, ritos, ceremonias? Ya el protocolo represivo –su mera mención– es una punta del pañuelo que asoma por el bolsillo superior del saco antidemocrático.   

El macrismo ya contenía la amenaza coactiva en el pliegue más interno de sus actuaciones. Amenazadores eran sus discursos de campaña, amenazadores son sus políticas económicas, sus viajes al exterior, su charlas difusas y vacías para llamar a la paciencia o la esperanza. ¿Puede ser violento un llamado de esa índole? Lo es, pues sin que sea obligatorio que en una promesa haya violencia interna –otra vez Hannah Arendt, la promesa es una categoría de un contrato cívico sin resabios brutales–, el macrismo es la fusión revelada de la promesa sostenida por un hilo recóndito de violencia. El macrismo se caracteriza por el carácter violento potencial que tienen todas sus acciones. 

En la Plaza del Congreso, ante los docentes sindicalizados, salió a luz. A cara tapada –cascos policiales, funcionarios invisibles–, esas órdenes sigilosas salían del cenáculo de Balcarce 50, clavando sus cincuenta caninos en la yugular de la sociedad. Del otro lado, caras descubiertas, símbolos de la conducción democrática del conflicto social. ¿Quién no conoce el rostro público, valiente y argumentativo de los dirigentes educativos argentinos?

Y del otro lado, las caras aviesas, bajo sombras de virulencia contenida… ¿no se lo ve en las ironías coléricas de un rostro tenso, crispado y contagioso, el de Macri, a punto de derrumbar los mohínes aniñados de una gobernadora que en una imperceptible guiñada deja leer en sus labios tres sílabas rápidas, re-pre-sión, como escritas en una pizarra escolar para instrucción de su gendarmería? El macrismo hizo su juego permanente con una violencia latentemente implícita, que comienza en el timbre inocente y calculado y termina en el gas pimienta con dosis también recetadas, protocolizadas. Protocolo represivo, eso es, frase que contiene cierto hálito contradictorio. ¿Pues puede quedar bajo un reglamento específico la represión? 

Todo puede tener un protocolo, una reglamentación, desde comprar uvas en el supermercado hasta la guerra misma, aunque resulte absurdo e incumplible. Pero la ambición reglamentarista de lo que de por si entraña la furia de los andamiajes del Estado –represivos, bélicos–, no es garantía de racionalización o sensatez. ¿Es posible pensar una razón en la furia desatada, una forma de justicia en la “racionalización” entendida como latigazos a cuenta?  

¡No presentaron el pedido de permiso! No es verdad, pero para ellos el único documento firmable es de la rendición del movimiento social. El protocolo no es garantía de cordura y prudencia. La humanidad y nuestro país tienen el recuerdo grave, testimonial, de que las máximas ferocidades, los soportes más duros de la represión siempre tuvieron protocolos, reglas, escrituras. Públicas o secretas. 

Por lo tanto, la represión a los docentes entraña un momento de peligro, como si un oscuro destino, señalado por la frase maldita –un plan económico restrictivo basado en la flexibilidad laboral y en un escarmiento salarial, “cierra con represión”–, fuese cumplido por el macrismo, con su máscara fatídica en el lugar de su cara angelical de timbreadores suburbanos.










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Política, Violencia, Macri, Gobierno, Docentes

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